Category: Solución de Problemas

LAS PEQUEÑAS FALLAS SE VUELVEN GRANDES, CADA VEZ MÁS GRANDES

Hace unos días pasé por la ruta desde mi casa que uso con frecuencia para ir a la oficina.  Noté que habían marcado unos “huecos” en la calle, y como estamos en época de lluvias, era algo importante para que que no se hicieran más grandes.  Al día siguiente comenzaron a arreglar la calle, y en tres días toda la calle estaba reparada.  Cuando terminaron noté una cosa más, bueno, quien lo mencionó fue realmente mi esposa.  Habían arreglado los “huecos grandes”, pero dejaron unos pequeños sin el tratamiento necesario para desaparecerlos.  Lo más probable era que por ser pequeños fueron menospreciados, pues no representaban peligro alguno, ni siquiera molestia alguna para los conductores, pues realmente no se sentían mucho.

Pero pasaron por alto una cosa: las pequeñas fallas se vuelven grandes, cada vez más grandes.  Esos pequeños “huecos” se convertirán en grandes, y con las lluvias, el proceso de seguro se aceleraría.

La gran lección es esta: los pequeños huecos se arreglan más fácilmente que los grandes, y además, el costo es menor, pero tenderá a ser costoso cuando vayan haciéndose más grandes.  Un predicador del siglo pasado llamado Charles Spurgeon dijo: “es más fácil aplastar el huevo de la serpiente que la serpiente misma”.  Con los huevos de la serpiente, si se quiere, puedes hacer malabares, pero cuando la serpiente rompa el huevo y crezca y pueda inocular su veneno, sería muy peligroso.  Y si uno quiere aplastar la serpiente es mucho más fácil poner el huevo en el suelo y aplastarlo, que tratar de aplastar a unas escurridizas serpientes, que más bien luego te pueden “enrollar” y destruir.

Las pequeñas fallas no se quedan pequeñas y desaparecen con el tiempo, tienden a volverse más grandes, cada vez más grandes.  Es como el cáncer, cuando se detecta en su fase inicial se puede curar, pero será malignamente mortal cuando haya crecido.  Es más fácil romper con cualquier mal hábito, vicio, o conducta cuando está en la etapa de incubadora, que cuando ya haya crecido.  Por eso, ahora que detectes pequeñas fallas, intercéptalas ahora, aplástalas ahora, corrígelas ahora.  Hazlo ya.

“NO ES LA FLECHA, ES EL INDIO”

Una vez, en una clase de golf que me daba un profesor, le comenté que porqué no avanzaba como yo quería, pues llevaba ya varias de las clases, y se acercaba la última, y no miraba el progreso que me había imaginado.  Buscando en mi mente las posibles razones, pensé que de seguro era la clase de palos que yo usaba, que no eran como los de los profesionales, de materiales especiales, cortados a la medida, personalizados hasta los últimos detalles, que en comparación a los míos, genéricos, seguro que hacían la gran diferencia.  Por supuesto, la clase de palos son un factor, pero mi profesor me echó abajo mi argumento, cuando me dijo: “no es la flecha, es el indio”.

Paso seguido, mi profesor me lo quiso demostrar.  Me quitó los palos y me dijo lo que quería hacer.  Tomó una de las pelotas, que no eran nuevas, eran recicladas, no eran de las mejores marcas, eran de las que se recogían en el campo.  La colocó en el suelo, se posicionó, me dijo que haría que saliera hacia la izquierda, hiciera una curva de tanto hacia la derecha y llegara justo a tantas yardas, y todo a una altura de tantas yardas también.  La golpeó con mis palos, con aquella pelota, y justo hizo lo que me dijo.  Después me dijo, ahora al revés, saldrá a la derecha, la curva a la izquierda, la distancia recorrida tanto y caerá en tal punto.  Se posicionó, la golpeó, ¿y qué creen?  Hizo lo que me dijo que haría.  Me volvió a ver, me dio el palo, mi palo genérico, y me dijo: “no es la flecha, es el indio”.

Muchas veces en la vida andamos diciendo que las cosas no nos salen como queremos, las cosas no dibujan las curvas que queríamos, las cosas no llegan hasta habíamos pensado, y entonces decimos que es por aquella o por aquella otra razón.  Hacemos una lista de los factores que nos echaron a perder nuestros sueños, que desplomaron nuestras aspiraciones, que bloquearon nuestros anhelos, que entorpecieron nuestro camino, y la lista de razones se parece a nuestro manual de excusas que todo mundo debe leer para que nos comprenda, pero saben que… “no es la flecha, es el indio”.

Una vez alguien molesto me dijo: “es que usted no me da la oportunidad”, pensando que a otros les tenía cierto favoritismo.  Y recuerdo que ahí entendí algo muy importante, “las oportunidades no te llegan, se crean”.  Si por ejemplo, quieres un ascenso, pero llegas tarde, respondes irrespetuosamente a tus superiores, haces mal lo que se te pide, tratas mal a los demás, no trabajas bien en equipo, chismeas, eres tan lento para hacer las cosas que haces parecer a una tortuga como si fuera “Flash”, y tras de todo siempre andas pidiendo permisos, y tras de todo, aumentos al salario.  Te digo una cosa, no estás creando las oportunidades para un ascenso, sino para un despido “flash”.  No es que el mundo se ha confabulado contra ti, es que… “no es la flecha, es el indio” el responsable.

Te animo a que creas que con “palos y pelotas” de los comunes y corrientes puedes hacer cosas extraordinarias.  Y cambiando la metáfora, los pinceles pueden ser genéricos, hasta que llegan a las manos de un Pablo Picaso.  La bola de fútbol puede ser de aquellas de “gajos” de cuero hasta que llegan a los pies de un Messi.  Las canciones pueden ser corrientes hasta que llegan a la boca de un Andrea Bocelli.  Las oraciones pueden parecer imposibles hasta que llegan hombres como Elías.  Es que estoy convencido que… “no es la flecha, es el indio”.

DALE UN GOLPE MORTAL AL EGO

Hace unos días tuve una experiencia muy agradable con unos amigos.  Pero con los mismos amigos tuve una experiencia desagradable hace un poco más de un año.  Siendo del mismo grupo ellos se retiraron porque algo les pasó con otro miembro del grupo, y yo entendí sus razones para retirarse, lo cual no significa que estaba feliz, realmente me lamenté por su retiro, y aunque sus hijas seguían en el grupo, cada vez que las miraba me acordaba de ellos, y como mensajeras, sus hijas les llevaban mis saludos.

La experiencia agradable que les cuento es que decidieron reintegrarse al grupo y seguir con nosotros.  Hablamos, no del pasado, sino del presente y del futuro, con el deseo de volver a trabajar juntos y disfrutar todo lo bueno que viene.

He visto muchas relaciones interpersonales rotas, más de las que quisiera recordar, y aunque pueden darse razones correctas que pudieron llevar a la ruptura, sea de un matrimonio, una amistad, una familia, o cualquiera que sea, yo creo en que en la mayoría de los casos es posible volver a restaurar esa relación.  Si tan solo no nos aferráramos tanto al pasado, a los dolores que sufrimos, a las decepciones que experimentamos, las injusticias que soportamos, las humillaciones que vivimos, y a la venganza que anidamos, podríamos salvar esas relaciones para disfrutar lo que tuvimos y hacerlo mejor a partir de ahora.  Claro, para esto es necesario una cosa: darle un golpe de estado, y mortal al ego.

Vi el video que pongo en seguida hace unos días, y me hizo recordar que no podemos devolver el tiempo, pero si podemos devolver las actitudes, y cuando devolvemos las actitudes, parece que devolvemos el tiempo porque volvemos a disfrutar con aquellas personas con las que hicimos buenas y grandes cosas.

Te animo a reconstruir relaciones.  Lo único que no se devuelve son los ríos.  Si te buscan abre la puerta de la oportunidad, y si das el paso para buscar, mejor aún.

UNA ASPIRINA NO PUEDE CURAR UN CÁNCER

Hace un año tengo un problema en una de las paredes de mi casa.  Varias veces he puesto mi “queja” para que los responsables de la construcción la reparen.  Realmente no es un gran daño, calculo que son unos 20 centímetros cuadrados.  Pero no importa cuanto sea, debe ser reparado, y además no luce muy bien.  Les voy a poner una foto que tomé del área afectada, y que empeora en tiempo de invierno como el que ya estamos viviendo.

Esta es la pared en cuestión que está cerca del piso, y justo me queda a la izquierda de donde tengo mi escritorio desde donde escribo mis post.

Mi propósito no es quejarme por internet de que no me la han reparado, sino compartir una gran lección sobre la conducta humana.

Si han llegado a reparar la pared, pero lo que hacen es raspar, enmacillar, secar, lijar, y pintar.  Dos veces lo han hecho, pero siempre vuelve a ponerse igual.  El mal es producto de la humedad, por algún lado se filtra y produce que la pintura se infle y luego se despegue.  Pueden hacer el proceso de reparación mil veces y mil veces va a ocurrir la misma situación.

La razón de eso es muy sencilla.  No están atacando el problema de fondo.  No están yendo a la raíz del problema.  Si una persona tiene un dolor de cabeza por un cáncer en el cerebro, ni una, ni mil, ni un millón de aspirinas lo van a curar.  Eso es lo que están haciendo con mi pared, le están dando una aspirina.

¿Qué pasa cuando no vamos a la raíz del problema?

1. Nunca se va a solucionar el problema en forma permanente.

2. Se gastará más al final de cuentas, porque finalmente tendrá que hacerse la solución correcta.

3. Es una pérdida de tiempo.

4. El problema se puede hacer cada vez más grande, y una solución sencilla al principio se puede volver complicada después.

5. El tiempo nunca arregla las cosas.

6. Tener un problema sin solución no hace feliz a nadie.

7. Una reparación superficial no es suficiente para extirpar el verdadero problema.

Pero la verdad es que muchas personas están enfrentando sus problemas en forma superficial.  Por ejemplo, una infidelidad no se soluciona con “un besito y a la cama” con su esposa.  El mal carácter no se arregla sencillamente contando hasta diez.  Se necesita una re-ingeniería humana, y me gusta mencionar que mi doctorado que tiene que ver con la conducta de las personas, y combinado con mi carrera de ingeniero químico, me suena bien eso de “ingeniero humano”.  Definitivamente el hombre tiene un problema de conducta, y solo hasta que se “arregle desde la raíz” veremos cambios permanentes, que no se arreglan ni con cárceles, ni terapias, ni más policías, ni leyes y multas más severas en contra del narcotráfico, corrupción política, robos, conductores ebrios, incesto, acoso sexual o abuso psicológico y físico del cónyuge.  Todo esto es una aspirina que no puede curar un cáncer.  Solo cuando el corazón del hombre cambie, el hombre cambia.  Y ese trasplante del corazón solo Dios lo puedo hacer, y Él está listo para quitar el corazón de piedra para ponernos uno que camine conforme a su propósito de bien para los hombres.  Y la operación es sencilla, solo se trata de dejar a Jesús entrar en nuestra vida y Él hará el cambio.  Si no haces esto, siempre volverá el mismo problema a la “pared” de tu vida.

LOS MEJORES TRABAJAN CON LOS MEJORES

Cuando violamos este principio, tenemos problemas, perdemos demasiado tiempo, tanto que a veces tenemos que empezar de nuevo, desde cero, para volver a edificar lo que fue destruido.  Este principio lo han descubierto los que se han vuelto mejores, y saben que si no se rodean de gente como ellos, es decir, los mejores, nunca llegarán a explotar a los niveles que desean, porque los mejores te harán flotar y elevarse, pero los peores te harán bajar y hundirse.

Los mejores necesitan a los mejores, porque los mejores:

  1. Los mejores tienen motivación propia.
    No hay que perder tiempo tratando de motivarlos, y menos frustrándose uno mismo tratando de hacer que ellos hagan las cosas.  Todo lo contrario, ellos hasta se vuelven como combustible para el “mejor” con quien trabajan.
  2. Los mejores ven adelante.
    Los mejores no ven atrás, ven adelante.  Están desarrollando la función en su lugar actual, de la manera actual, pero ya están viendo lo que se necesita para hacer las cosas cuando sean más grandes, para cuando se expandan.  Es como si ellos estuvieran siempre subiendo gradas, ven la que siguen.  No están conformes donde están, siempre ven como mejorar las cosas.
  3. Los mejores hacen de la excelencia su marca.
    Los mejores hacen lo que hacen con la marca de la excelencia bien sellada en la superficie de todo lo que tocan.  Lo que tocan brilla.  Lo que tocan se vuelve hermoso.  Lo que tocan huele a buena calidad.  Hay gente que lo que toca lo destruye, lo echa a perder, lo ensucia, lo degrada, lo mancha, lo aniquila, lo afea.
  4. Los mejores conocen.
    Cuando “el mejor” trabaja con “los mejores”, lo mejores saben de lo que está hablando su líder, porque ellos conocen, y no solo conocen la materia que domina “el mejor”, hasta aportan par que las cosas sigan creciendo.
  5. Los mejores tienen el mismo espíritu.
    Es decir, tienen una conexión especial con la cabeza de la organización, de la oficina, o del proyecto.  Han llegado a pensar de la misma forma, de soñar los mismos sueños, de aspirar a lo mismo, a hablar de la misma manera un lenguaje que para otros hay que traducirles para que entiendan.

Este principio es un principio bíblico.  Una cosa es que Dios escoge hasta lo vil para usarlo, y otra es que Dios usa a lo mejor.  Es verdad que Él escoge lo vil, pero no usa lo vil, lo santifica, lo llena de su sabiduría, lo capacita, lo bendice, lo fortalece, y lo unge, es decir, lo vuelve “lo mejor” a partir de lo vil.  Ya Saulo había dado muestras de un ímpetu fuera de lo común cuando el Señor lo tomó y lo convirtió en el apóstol Pablo.  No usó a Saulo, lo hizo un Pablo.  Y el Señor, “el mejor” trabajó con “los mejores”, y producto de eso tenemos esos escritos extraordinarios de Pablo.

¡Vuélvete de “los mejores”!

QUE BUENO QUE MI PAPÁ SE MURIÓ

Hoy me hizo recordar ese sentimiento una joven muy amada de mi familia.  Le oí decir lo mismo acerca de su madre.  Ella decía hoy que estaba feliz porque su madre había muerto, y me trajo a la memoria que también pensé lo mismo y lo sigo pensando, ¡qué bueno que mi papá se murió!  En mi caso, eso fue hace varios años.  Una cadena se había roto.

Mi papá era operador de equipo pesado 3, título que tenía por su trabajo de abrir carreteras y usar maquinaria pesada.  Por su trabajo pasada con frecuencia dos semanas fuera de la casa.  Cuando él se iba de la casa a sus giras de trabajo por todo el país, eran las dos mejores semanas que pasábamos.  Cuando regresaba el ambiente volvía a cambiar.  Mi papá era colérico, rudo, de mal carácter.  Por cualquier cosa se enojaba.  Daba temor.  No recuerdo casi nada de cariño.  Sus castigos eran brutales.  Equivocarse en algo era una cosa horrosa, pues sabíamos, mis hermanos y yo, que eso no tendría buenas consecuencias para nosotros.  Así crecimos.

Ya cuando fuimos jóvenes decidimos vengarnos matándolo.  Un día, le caimos encima cuando salía del baño.  Con un cinturón rodeamos su cuello y apretamos con toda nuestra fuerza.  Sus vasos capilares de los ojos se rompieron, y sangró, pero era tan fuerte que pudo escaparse de nosotros.  No obstante, eso fue como un aviso para él de que las cosas estaban cambiando.  Habló por mi, no por mis hermanos, fueron años de odio y resentimiento puro.

Cuando ya tenía 20 años, algo cambió mi vida.  Regresaba una noche a la casa de la Universidad, era un 15 de setiembre, había una iglesia en la entrada del barrio que había organizado una semana de campaña evangelística, lo cual, a mi, como “testigo de Jehová”, me molestaba grandemente, sin embargo, practicamente forzado por una fuerza invisible, entré, y ese día cuando oí acerca de recibir a Jesús, algo me decía que mi busqueda terminaría ese día, y así fue.  Nunca más volví a buscar, encontré todo lo que necesitaba.  Y quién me impulsaba era el Espíritu  Santo, quién tenía un plan para mi.

Volviendo a mi papá, Guido Manuel Núñez Jiménez, las cosas cambiaron.  No recordaba la última vez que le había dado la mano a mi papá, porque realmente le odiaba.  Pero un día, saliendo temprano de mi casa a la Univerdad, algo me dijo que le diera un beso.  Eso era lo más ilógico que yo pudiera pensar hacer con mi papá.  Darle un beso a un puercoespín tendría más sentido común para mi, sin embargo, la insistencia en mi interior seguía.  Cuando crucé la puerta para irme, justo ahí estaba mi papá entrando.  Lo vi, me resistí, pero no pude, le di un beso en la mejilla.  Él no supo que hacer, estaba más petrificado que yo.  Lo único que le pareció correcto fue meterse la mano a la bolsa, sacó un billete y me lo dió.  Ahora que lo pienso… ¡lo hubiera besado antes!

Después de eso, vivió cinco años más, la diabetes lo fulminó, pero fueron los mejores cinco años de mi vida con mi papá.  Cuando empecé la iglesia él fue uno de mis primeros convertidos, y de los primeros que me ayudó, de hecho, donde empecé la iglesia fue un lugar que él me prestó, y cuando nos mudamos a otro lugar más grande, él fue una columna para el alquiler.  Aquella noche del 15 de setiembre me cambió, y de odiar a mi papá llegué a amarlo como nunca yo había amado.  La enfermedad que sufría ya lo estaba desgastando, y aquel hombre fuerte era cada día más débil, hasta que murió, pero… ¡qué bueno que mi papá se murió!  Ahora la enfermedad no le provocaba más molestías.  Y un día le volveré a ver, porque está guardado eternamente y para siempre, lo sé, porque una noche, él recibió a Jesús conmigo, y esa es la garantía de la vida eterna.