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TRES LECCIONES DEL PECADO

La palabra pecado en una de sus acepciones originales del idioma griego es “errar al blanco”.  Cuando en lugar de perdonar te aferras al odio, estás errando al blanco, y las consecuencias son inevitables, en el caso de este ejemplo, hasta enfermedades psicosomáticas, y ni se diga los desórdenes emocionales, pues nadie que se aferra a tales sentimientos vive en paz.

Pero hay otros “pecados” que tienen mayores consecuencias, sobre todo cuando están en relación a una familia, y más aún cuando se está vinculado a un grupo de gente que depende de alguna manera de la persona que “falla”.  Y aunque no son agradables las consecuencias, o el sentimiento que embarga al que falló, hay por lo menos tres lecciones del pecado:

1. Reconocemos que somos débiles.
No somos tan fuertes como nos creemos, y el pecado es una evidencia clara.  Algunos han declarado que “de esa agua no beberé” para verse luego no solo bebiendo sino hundidos en es agua.  Todo lo cual demuestra, como dijo el Salmista: “acuérdate que somos polvo”.  Somos frágiles, tanto que una gripe nos postra en una cama, o como actualmente pasa, la declaramos una pandemia que tiene en su haber centenares de muertos.  Está claro, no somos “Superman” o “Superchica”.

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2. Nos volvemos más considerados.
Cuando tu nos has caido ves a los que caen como dignos de las más estrictas disciplinas, hasta el día que uno mismo cae, ahí las cosas tienen otra manera de verse.  La verdad es que absolutamente todos hemos fallado.  Lo que pasa es que algunos parecen ser más justos que Dios, y se les olvidó cuántas veces han sido levantados de sus propias caídas.  Nuestro deber no es ser jueces que condenan, es ser misericordiosos y compresivos que restauran, y aquí viene una de mis frases favoritas: “Si tu caída fue escandalosa, que tu restauración sea más escandalosa”.

3. Valoramos más la misericordia de Dios.
Misericordia es NO recibir lo que merecemos.  Has fallado, lo que merecemos es castigo.  Pero cuando yo reviso el actuar de Dios es muy diferente, y no me refiero a estudios profundos de la Biblia, sino revisar nuestro propio historial.  Dios es un Dios de oportunidades, y muchas de nuestras caídas las usa para prepararnos para responsabilidades mayores.  Esto suena ilógico, pero así es la misericordia de Dios.  Cuando Pedro negó y maldijo a Jesús, hoy en alguna iglesia sería perfecto candidato para aplicarle alguna de las disciplinas que tienen ya pre-establecidas, seguro que para Pedro sería como la disciplina 666, pero Dios tenía un método diferente, lo convirtió en el primero que anunció la salvación por gracia y tres mil respondieron.

Cuando tenemos un Dios así, ¿cómo no venir a Él?